EL JUGUETE RABIOSO
por Marco Antonio Regalado
Roberto Bolaño habla de
la literatura argentina en su libro “Paréntesis”, y afirma que es Borges el
mejor escritor: “…Si el Martín Fierro domina la literatura argentina y su lugar
es el centro del canon, la obra de Borges, probablemente el mayor escritor que
haya nacido en Latinoamérica, es sólo un paréntesis”. Bolaño habla de tres
líneas para situar ala literatura argentina y situa a Artl en la segunda de una
manera muy particular: “…Roberto Arlt, aunque es muy probable que Arlt sea
totalmente inocente de este desaguisado”. Un desaguisado cuyo apóstol, “el
fundador de su iglesia, es Ricardo Piglia. A menudo me pregunto: ¿qué hubiera
pasado si Piglia, en vez de enamorarse de Arlt, se hubiera enamorado de
Gombrowicz? ¿Por qué Piglia no se enamoró de Gombrowicz y sí de Arlt? ¿Por qué
Piglia no se dedicó a publicitar la buena nueva gombrowicziana o no se
especializó en Juan Emar, ese escritor chileno similar al monumento al soldado
desconocido? Misterio”.
Roberto
Arlt fue un novelista y dramaturgo argentino, que abrió el camino a una nueva
narrativa de tema urbano. Nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900, hijo de
padre alemán y madre italiana. Abandonó la escuela primaria antes de aprobar el
tercer curso, aunque a los ocho años ya escribió sus primeros relatos. Pronto
fue un fiel frecuentador de la biblioteca del barrio donde leía libros de
tendencia anarquista y luego a los escritores rusos Gorki, Tolstoi y
Dostoievski. Entró en la Escuela Mecánica de la Armada de donde le expulsaron
en 1910, lo que provocó conflictos con su padre.
En
1924 comienza a relacionarse con los escritores de Florida y Boedo a cuyas
diferencias poéticas y políticas asiste pero sin adherirse a ninguna en
particular. Entró como secretario de Ricardo Güiraldes en 1924 y empezó a
publicar en la revista Proa que Güiraldes dirigía; también escribió crónicas
policiales en el diario Crítica, y desde entonces se dedicó al periodismo.
En
1930 obtuvo el tercer premio del Concurso Literario Municipal con su novela “Los
siete locos” (1932) que es un examen desesperado sobre la desorientación
que provocó la I Guerra Mundial. Viaja a España y a su regreso a Argentina se
encuentra con Juan Carlos Onetti con el que mantuvo una buena amistad.
Roberto
Arlt llevó una vida llena de privaciones y de todo de tipo de problemas y
Onetti ha dicho de él: "Es el último tipo que escribió novela
contemporánea en el Río de la Plata". Su primer libro, “El juguete
rabioso” (1926), es una de las mejores novelas argentinas. Llena de rasgos
autobiográficos y picarescos, expresa angustia y violencia con un soporte
lingüístico áspero, vivísimo, al narrar la iniciación de un adolescente al
mundo del hampa.
Cuando
tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura
bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto
a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en
la calle Rivadavia entre Sud América y Solivia.
Decoraban el frente del cuchitril las policromas carátulas
de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de
Wenongo el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela nos
deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por
el sol.
A veces entrábamos a comprarle medio paquete de cigarrillos
Barrilete, y el hombre renegaba de tener que dejar el banquillo para mercar con
nosotros.
Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo,y por
añadidura algo cojo, una cojera extraña, el pie redondo como el casco de una
muía con el talón vuelto hacia afuera.
Cada vez que le veía recordaba este proverbio, que mi madre
acostumbraba a decir: "Guárdate de los señalados de Dios."
Solía echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogía
un descalabrado botín entre el revoltijo de hormas y rollos de cuero, me iniciaba
con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en
las tierras de España, o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien
lustraba el calzado y que le favorecía con veinte centavos de propina.
Como era codicioso sonreía al evocar al cliente, y la
sórdida sonrisa que no acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio
sobre sus negruzcos dientes.
Cobróme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por
algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libracos adquiridos en
largas suscripciones.
Así, entregándome la historia de la vida de Diego
Corrientes, decía: — Ezte chaval, hijo... ¡qué chaval! . . . era ma lindo que
una rroza y lo mataron lo miguelete. . .
Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:
— Ma lindo que una rroza... zi er tené mala zombra. ..
Recapacitaba luego:
— Figúrate tú... daba ar pobre lo que quitaba al rico...
tenía mujé en toos los cortijos... si era ma lindo que una rroza...
En la mansarda, apestando con olores de engrudo y de cuero,
su voz despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas había
zambras gitanas... todo un país montañero y rijoso aparecía ante mis ojos
llamado por la evocación.
— Si era ma lindo que una rroza — y el cojo desfogaba su
tristeza reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro
que apoyaba en las rodillas.
Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea
inoportuna, escupía por el colmillo a
un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en la piedra.
En “Los
siete locos” (1929) y “Los lanzallamas” (1931), donde se aprecia
la influencia de Fiódor Dostoievski, uno de sus escritores preferidos, vuelve a
aparecer retratado de modo muy realista el mundo de los bajos fondos de Buenos
Aires, con sus tangos, delincuentes, prostitutas y rufianes.
" Sí, llegará un momento en que la
humanidad escéptica, enloquecida por los placeres, blasfema de impotencia, se pondrá
tan furiosa que será necesario matarla como a un perro rabioso...Será la poda
del árbol humano... una vendimia que sólo ellos, los millonarios, con la
ciencia a su servicio, podrán realizar. Los dioses, asqueados de la realidad,
perdida toda ilusión en la ciencia como factor de felicidad, rodeados de
esclavos tigres, provocarán cataclismos espantosos, distribuirán las pestes
fulminantes... Durante algunos decenios el trabajo de los superhombres y de sus
servidores se concretará a destruir al hombre de mil formas, hasta agotar el
mundo casi... y sólo un resto, un pequeño resto, será aislado en algún islote,
sobre el que se asentarán las bases de una nueva sociedad. "
Arlt
también escribió relatos, crónicas y obras de teatro renovadoras como “La
isla desierta” (1937), un amargo retrato sobre la burocracia. Murió el 26
de julio de 1942 víctima de un ataque cardíaco.
Bolaño insiste en que
Arlt es un buen escritor, pero “se me hace difícil soportar el desvarío —un
desvarío gangsteril, de la pesada— que Piglia teje alrededor de Arlt,
probablemente el único inocente en este asunto. No puedo estar, de ninguna
manera, a favor de los malos traductores del ruso, como le dijo Nabokov a Edmund
Wilson, mientras preparaba su tercer martini, y no puedo aceptar el plagio como
una de las Bellas Artes. La literatura de Arlt, considerada como armario o
subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa de una broma macabra.
Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo
nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de
la destrucción de la literatura. O lo que es lo mismo: la literatura de la
pesada tiene que existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba”.

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